Ayer se lidió una señora corrida de toros en Madrid, anunciada como novillada, que embistió.
¿Bien presentada?
No, mal presentada, por exceso, y resalto esta moda actual de aprobar la presentación del ganado por el tamaño, a más tamaño, mejor presentación, ande o no ande, porque para empezar para que una novillada se considere correctamente presentada lo primero que tiene que ser, y parecer, es una novillada.
Pero a mí, como aficionada, estas barbaridades ya me dan exactamente igual, paso olímpicamente del matadero venteño. Ahora bien, también como aficionada, exijo a los organizadores de esta carnicería municipal que, atendiendo a lo lógica más simple, y en justicia, si los ejemplares que se lidiaron ayer en la plaza de la capital de lo que hasta hoy es España colaron como novillos para tres destacados aprendices de un oficio tan duro, cuando se anuncien toros, exijo, ya digo, que suelten en lo que hasta no hace mucho fue la primera plaza del mundo y para que los matadores de alternativa la despachen, auténticos mastodontes que sobrepasen en alzada la altura de las tablas, largos como trenes, que tengan cara de catedráticos, y con leña por delante, retorcida, que les lleguen los pitones hasta el mismísimo cuello del tanque caballo de picar armarios.
Ay, la sagrada proporción en arte, pateada ahora en el toreo sin que nadie alce la voz, recortado conjunto escultórico, en movimiento, del que fuimos testigos en tiempos pasados que no volverán.
Foto: Antoñete y Atrevido, su altura justo a la faja del de mechón, como es debido, un auténtico monumento al eterno arte de torear en legendaria faena.