Fue el auténtico artífice del toreo moderno, el de hoy, y en Madrid no se le trató bien aunque en el graderío tenía repartidos partidarios furibundos con conocimientos suficientes para distinguir lo bueno de lo malo, que le idolatraban.
Claro, comparar a este duro albaceteño con la tropa de amanerados toreros de hoy día sería por mi parte un disparate, pues nunca rehuyó compromiso ninguno, ni hierro ganadero, ni compañeros, ni se dio coba, y dio el morro en todas las plazas con una hombría seca natural de la Mancha, que no permite ponerle un pero.
Unanimidad como persona, a la cual me sumo:
fue un gran hombre, cabal y varonil como pocos, un señor entre los señores de siempre, y un tío como la copa de un pino.
Gloria eterna a Dámaso González, hoy de cuerpo presente en la plaza de toros de Albacete, donde está siendo velado por familiares, amigos y paisanos.
En la foto -las señales camaroneras- aparece el torero
como con una coronita de luz, cosas mías, que a mí me encanta la imagen y por eso la he escogido.