Antiguamente, y como ahora parece que está de moda lo antiguo como si lo antiguo fuera el novamás, los coletas de fama en vez de brindarle toros por un tubo a Feliciano, le pegaban unos monterazos a desconocidos espectadores por las razones que fueran que los crujían, sobre todo si eran mujeres, y en esta época nuestra, se informa de pasada, entre toreros -los toreros de hoy- está incluso mal visto brindarle toros a las tías, y así nos va, y peor que nos va a ir.
Es más, y hablando de otras épocas, tuvo fama Rafael el Gallo de que como le diera un rentoi a tiempo al irse al toro, se paraba delante de un desconocido no sólo para los demás presentes, sino un desconocido para el propio Rafael, sobre todo si el desconocido era una mujer, despampanante se añade y en barrera a ser posible, a la que hacía levantarse del asiento para sorpresa general, dedicándole gentil la faena.
Total, que va Rafael Gómez y juna a un pibón con las cualidades antes descritas, se para delante de ella, como situado a sus pies, la otra levantada del asiento como es lógico, alza el brazo desde la arena Rafael sin subirse al estribo porque eso para Rafael era un sacrilegio, y le dice a la dama:
- Va por osté, zeñora.
No recuerdan los especialistas un petardo de El Gallo más gordo que el de aquella tarde, creo que ocurrió en una plaza del norte, ¿San Sebastián?, media docena de veces debió de tirarse de cabeza al callejón el gitano, lívido, la espantá fue sonada y la bronca arreció en cuanto mató al toro como pudo de asesina puñalada intercostal.
Aminorado el griterío, arrastrado el toro, ahora había que ir a recoger la montera de manos de la señora brindada, y Rafael el Gallo, cabizbajo, con esos andares suyos que parece que estamos viendo incluso sin haberlos visto, rendido, llegó a la barrera y dirigiéndose a la bella desconocida no se le ocurrió otra cosa que disculparse de tal manera:
- Perdón, zeñora, verá osté, es que el toro estaba toreao.
Ella, dándole las gracias al devolverle la montera con una sonrisa que dejó helado al torero, fue y le contestó más chula que un ocho:
- Rafael, el toro no estaba toreado ni antes, ni ahora.