sábado, 5 de enero de 2008

Noche Maga

Tampoco es que se tenga una por una pera pocha, con el sentido neuronal en rompa fila, miren, caducada no me veo por ningún lado, qué quieren que les diga, así que hago saber que yo sí llegué a jugar al toro siendo niña.`
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Porque en el pueblo de mi infancia los críos escenificábamos una corrida formal, completa, sin perder tercio ninguno. Desde que empieza el espectáculo con el público ocupando sus asientos, hasta que doblaba el último toro de la tarde. Luego, o bien salían los toreros a hombros o bien se les tiraba con todo lo que se tuviera a mano, mayormente gorrones, con el consiguiente griterío de los muchachos abucheando al rilado pegapases.
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Las mujeres, las niñas, teníamos papel fundamental en el festejo, y a la plaza íbamos llegando con nuestras enanas sillas de enea, que colocábamos pegadas unas a otra formando un círculo. Las niñas pudientes, que las que no disponían de silla porque malamente disponían para comer, se sentaban en la acera, al sol, que para eso eran las pobres y las hijas de los rojos. Los toreros y cuadrillas esperaban la hora liados en un capote de paseo bordado en saco, en la cual el presidente (que se escogía para el cargo al más tarao, al cobarde, que se solía ofrecer voluntario) daba la señal para que la corrida comenzara. Qué paseíllos, ni el de Mendez, don Víctor, una tarde en Las Ventas y del cual escribió el inolvidable maestro don Joaquín Vidal -en genial imagen literaria- que llevaba el brazo derecho tan retrecheramente estirado "que parecía un vendedor de corbatas".
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Cada niña tenía sus toreros, como cada tía tiene los suyos, así que la terna de matadores bien podía dejarse matar en la arena, si quería seguir contando con la devoción incondicional de sus chicas, o perderla, con la consiguiente rechifla para los jefes de otras cuadrillas rivales. Porque no crean, el toro que salía por los chiqueros era temeroso, cuando le daba la gana se emplazaba y ¡a mí toreros!, armado con dos palos de encina con corteza que el que se los pasara por el muslo al aire de aquellos pantalones cortos, arañado salía seguro. El caballo, que para eso se contaba con el más burro, los peones intentando sacar al toro encelado con el burro, banderillas, brindis seguro a la fea para que la guapa se mosqueara, y la faena de muleta de cabo a rabo, hasta el final y con un repertorio los torerillos tan variado, que la pedresina causó furor. Faena que debía ser rematada de ortodoxa estocada en el morrillo, obligatoriamente, a no ser que durante la lidia el matador fuera cogido y tuviera que ser atendido en la enfermería.
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La enfermería la teníamos instalada en el umbral de la puerta de tío Fernando, una enorme piedra de desgastado granito que siempre estaba a una temperatura cálida digna para recibir a un chiquillo con las tripas fuera. Y allí, en la enfermería, ya fusionábamos nosotros a nuestro aire el juego del toro con el de los "médicos", sacando sangre, haciendo respiraciones artificiales, poniendo inyecciones, vamos un paseo por nuestra anatomía infantil tan instructivo y torero que, en cuanto pasaban los Reyes y llegaban los primeros soles rayanos, ya andábamos como locos para que empezara la temporá. Que se veía anunciada para general conocimiento, dando cuenta de si se admitiría a los toreros gitanos, pinchada con dos púas en la trasera de Alfonsino.
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Mágica noche de Magos es mi deseo, que por mis tejados acaban de pasar su Majestades de Oriente y han dejado como regalo para ustedes nada menos que a Paul Klee y su asombroso Timbalero. Comienza la temporada 2008 y yo me despido hoy con la frase que el timbalero de nuestro cuento anunciaba la apertura del toril: "tararí, quel-toro-vasalir".

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias Condesa por su relato, me ha hecho sentir como el niño que fui jugando a los toros con mi hermano, bajo la atenta mirada de un grandísimo aficionado, mi abuelo, que aprovechaba para enseñarnos la lidia, como era la estocada de ley y corregir nuestros defectos con la capa y la pañosa.

Que los Magos la colmen de presentes

Queda a sus pies
PepeP

betialai dijo...

Maravilloso post, señora condesa, además de por mágico por todo lo entrañable que nos evoca.

Anónimo dijo...

Sigue así,
y te harás también el ama de la blogosfera,
mi hermana,
que no se puede escribir mejor,
con más arte,
con tanto respeto a la escritura,
y,
hazme caso,
no defraudes jamás a tus seguidores.

El Sete

Noelia Jiménez dijo...

Qué divertido, condesa. Y qué bien escrito. No sabe usted lo que daría por escuchar de su boca semejantes aventuras. Por ver el brillo de su mirada, que a buen seguro debe de ser mucho y enigmático.

Que los Reyes sean buenos con usted, señora, que no dudo que usted ha sido la mejor y lo seguirá siendo.

Anónimo dijo...

He llegado aquí de casualidad,
usted escribe muy,
pero que muy bien,
señora.
Volveré.

Rima

Anónimo dijo...

Es para mí muy importante saber que a dos aficionados de vuestra talla, señores PepeP y Betialai, os ha hecho tilín el presente post.

Rima, vuelve por aquí cuando quieras que serás bien recibida.

Noe: el brillo de mis ojos se apagó, te recuerdo, al mismo tiempo que el de los tuyos, cuando aquello. Tan desgraciadas coincidencias siderales me unirán a ti por siempre. Cuando aquellas dolorosas conversaciones nuestras, telefónicas y nocturnas, se utilizaron por ambas partes para aplicarnos la una a la otra ayuda mutua con el gratuito bálsamos de nuestras palabras.

Pero tranquila, la luz, que a veces nos abandona, vuelve así mismo a su antojo. La luz huye como una posesa de donde se encuentra el mal,¡limpieza! por tanto, y consuelo al herido por que un hombre herido somos todos los hombres heridos.

Anda El Sete, uno de mis hermanos varones, que porcierto solo tengo uno. Sus piropos hacia mi trabajo carecen de valor, es un chico empeñado en que una vuelva a ser una top-model, es este caso de la tercera edad.

La condesa de Estraza