De inequívoco nombre con ecos de otras épocas: Cardifresco.
Número 41, burraco, perteneciente a la ganadería de Valdefresno, en tipo por completo aunque un pelín atacao para mi gusto, con 587 kilos, lidiado en la plaza de Madrid ayer tarde por Juan José Padilla.
Poco que hablar del toro, al toro lo mataron en varas, lo desangraron, el peto del caballo cuando se retiraba el picador iba empapado.
Cómo sería el edredón de sangre que le cubría el lomo al toro que le llegué a ver con los prismáticos manchas escurriéndole por debajo del brazuelo y a cada paso que daba el animalito, bellísimo, iba dejando un charco de sangre en la arena.
Tundido a capotazos sin respiro, banderilleado por los peones, Padilla se puso delante del muerto con la muleta y aquello era dantesco, cuando en esto el muerto saco fuerzas de donde nadie se podría imaginar y, en las últimas, le tiró un hachazo directo al Ciclón que lo levantó del suelo.
Se enceló con él, viaje va, viaje viene, hasta que por fin llegaron refuerzos y lo sacaron, volviéndose inmediatamente el muerto como un rayo a su presa jerezana, todavía en el suelo, haciéndose el muerto por un segundo el amo del cotarro mientras le vimos rodeado en círculo por todas partes de toreros.
Desde luego que tiene que ser inquietante ver que un ser vivo, muerto, resucitado, enfrente de uno y a la debida distancia colocado, te marque el territorio.
Porque el toro, cuando ya agonizaba agotado en las tablas, atravesado a espada, saco lo que sacan los bravos solamente y no se llevó a Padilla de nuevo por delante de un derrote seco, levantándose como Lázaro, cuando había doblado y la puntilla brillaba ya en el aire.
No se llevó por delante a Padilla de milagro, con su socorrida cuadrilla de ayudantes, de paso.









