La única vez que servidora, fumadora nata, se ha quedado sin tabaco, ocurrió milagrosamente en casa de Antoñete. Ejercía yo por entonces el oficio de fotógrafa y una mañana me llamó Carlos Ilián para acompañarle como tal al domicilio del torero, un impersonal apartamento en un rascacielos de la zona norte de Madrid. Recién llegado de Venezuela Antoñete, primeros años ochenta, con el que había concretado Carlos una entrevista para Marca y, por cierto, ese día hice la mejor foto, para mi gusto, de todas las realizada durante mi paso por el reporterismo gráfico y otros paparazzeo.
Total, que terminado mi trabajó máquina en ristre, me senté en una mesa enfrente del torero guardando silencio pues Carlitos a mi derecha tomaba notas como un descosido, y, zaca, me veo obligada a zumbarme el último pitillo aplastando el paquete con mucha mímica para darle filón a Chenel, que tuvo fama en otro tiempo de ser el tío que más fumaba de todo Madrid a la par de don Santiago Carrillo.
Era una tímida llamada de socorro indicándole que el combustible se me acababa, que pronto necesitaría una un capotazo de nicotina y que él era el encargado de estirarse en tan salvador lance, pues Ilián no fuma.
Era una tímida llamada de socorro indicándole que el combustible se me acababa, que pronto necesitaría una un capotazo de nicotina y que él era el encargado de estirarse en tan salvador lance, pues Ilián no fuma.
Rápido se pispó el maestro de maestros del toreo y de la vida y, haciendo un parón en la entrevista, me indicó que fuera a la nevera, la abriera con toda confianza y dispusiera a mi antojo del material almacenado.
¡Qué nevera la del Antoñete de los años primeros ochenta, cómo me hubiera gustado retratarla, qué putada el no atreverme a disparar!
Chiquitita, de esas que apenas te llegan a la cintura, tenía tres pisos, limpia, poco utilizada, como de adorno en tan insípido mobiliario, voy y la abro, y veo en el piso de arriba apilados en su debido orden un arsenal acumulado de cartones de rubio americano, no puedo precisar si Winston o Marlboro, no lo recuerdo aunque rojos eran, pero tabaco allí había para suministrar a un regimiento.
El segundo piso de la nevera estaba vacío por completo y en el de abajo, el último, yacía un plato llano de loza blanco, de los de cafetería, con una perita encima a punto de picarse, solitaria, de las de agua.
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No sé si ustedes habrán reparado en que mogollón de valiosos términos de nuestro castigado idioma están como mal vistos en sociedad y de que pronto se encontrarán en desuso. Entre ellos se encuentra el verbo morir y toda su conjugación junta, ahora no nos morimos, ahora resulta que nos vamos.
¿Y adónde nos vamos?
Pues lo más seguro es que nos vayamos a por tabaco, digo yo por decir algo, un clásico lo de irse a por tabaco cuando uno decide fugarse, porque muerto Antonio Chenel Albadalejo no está, Antoñete se habrá ido a por tabaco y puede y cabe la posibilidad de que no volvamos a verle jamás, aunque añoraremos eternamente su vuelta.
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No sé si ustedes habrán reparado en que mogollón de valiosos términos de nuestro castigado idioma están como mal vistos en sociedad y de que pronto se encontrarán en desuso. Entre ellos se encuentra el verbo morir y toda su conjugación junta, ahora no nos morimos, ahora resulta que nos vamos.
¿Y adónde nos vamos?
Pues lo más seguro es que nos vayamos a por tabaco, digo yo por decir algo, un clásico lo de irse a por tabaco cuando uno decide fugarse, porque muerto Antonio Chenel Albadalejo no está, Antoñete se habrá ido a por tabaco y puede y cabe la posibilidad de que no volvamos a verle jamás, aunque añoraremos eternamente su vuelta.












